martes, 8 de diciembre de 2015

PRINCIPIO DE VIDA 10

Si es necesario, Dios moverá cielo y tierra para mostrarnos su voluntad.

    Dios sabe exactamente qué se requiere para captar nuestra atención.

Los tiene una gran variedad de métodos para ayudarnos a ver la situación

2 Crónicas  20.12
Dios siempre quiere lo mejor para nosotros, y está comprometido a mostrarnos cómo seguir el plan específico que ha diseñado para cada uno de nosotros. Él quiere que vivamos pendientes de su voz, para oír lo que quiere que hagamos y cómo quiere que lo hagamos (Is 30.19–21).

Un espíritu intranquilo
Si empezamos a desviarnos del curso que Dios ha fijado para nosotros, Él tomará toda clase de medidas para captar nuestra atención y protegernos del peligro. Él tiene una gran variedad de métodos para ayudarnos a ver la situación, entre ellos:
  1. A veces Dios nos llama la atención quitándonos el sueño (Est 6). Si experimenta algún tipo de intranquilidad en lo profundo de su ser, o siente algo que no puede identificar, deténgase y ore: «Señor, ¿estás tratando de decirme algo?» Cada vez que Dios estuvo a punto de pasarme de una posición pastoral a otra, yo me sentí muy inquieto.
  2. Una palabra específica
    Dios también capta nuestra atención utilizando las palabras de otros. Fue el método que usó para darles un mensaje tanto al joven Samuel como al viejo sacerdote Elí (1 S 3.4–18). Si varias personas empiezan a decirle lo mismo en un lapso breve de tiempo, pregúntele al Señor si está tratando de hablarle a través de ellos.
  3. Una bendición inusual
    Dios puede darle alguna bendición inusual para llamar su atención. Por supuesto, si usted se considera una persona autosuficiente, el Señor probablemente usará otro método para que usted fije su atención en Él, pero recuerde que Él expresa su amor sin importar qué método utilice.
  4. Una oración no contestada
    A veces la respuesta de Dios a una oración es «no». A pesar de las oraciones de David para preservar la vida del bebé que concibió en adulterio, el niño murió (2 S 12.15–18). El Señor puede guardar silencio ante nuestras oraciones para que tomemos la iniciativa de examinar nuestro corazón.
  5. Una desilusión
    Cuando la nación de Israel desacató la instrucción divina de tomar posesión de la tierra prometida, Dios juzgó al pueblo por su incredulidad. Luego cambiaron de parecer y dijeron que ahora sí deseaban entrar a la tierra, pero el Señor les dijo que no, que ya era demasiado tarde (Nm 14). Dios captó su atención mediante el sentimiento de desilusión. De manera similar, el Señor puede permitir reveses que nos impidan trazar nuestro propio rumbo.
  6. DerrotasCircunstancias extraordinarias
    En algunas ocasiones Dios usará circunstancias inusuales para que nos detengamos a escuchar. Moisés vio una zarza ardiente que no se consumía. Cuando se acercó a investigar, el Señor le habló desde el fuego (Éx 3). Usted y yo debemos aprender a buscar la presencia de Dios en cada circunstancia de la vida. Él deja sus huellas y evidencias de su obra en todo lo que nos rodea.
  7. Dios puede usar la derrota para mostrarnos la verdad. Tras su victoria aplastante sobre Jericó, los israelitas abordaron una pequeña población con confianza de sobra, ignorando el mandato del Señor (Jos 7). Dios captó toda la atención de Josué al permitir que la nación sufriera una derrota vergonzosa. Este tipo de derrota puede convertirse en una piedra que nos permite dar otro paso hacia el éxito, si oramos: «Señor, ¿qué me estás diciendo? Ayúdame a ver cuál fue el error que cometí».
  8. Problemas económicos
    En el tiempo de los Jueces «cada uno hacía lo que bien le parecía» (Jue 17.6) y la nación cayó en idolatría y desobediencia. Dios trajo juicio por medio de los madianitas, quienes devastaron el territorio. El pueblo clamó a Dios sólo cuando Él les quitó toda posesión material (Jue 6.3–6). Dios sabía con exactitud qué era necesario para llamarles la atención, y cuando ellos se volvieron a Él de corazón, Él los libró de sus opresores y los bendijo.
  9. Tragedias, enfermedades y aflicciones
    Debemos considerar nuestras tragedias y aflicciones como razones para preguntarle al Señor: «¿Qué estás tratando de decir?» Cuando el rey Ezequías se llenó de orgullo, Dios usó su enfermedad para alertarlo del problema (2 Cr 32.24). De modo similar, cuando Saulo de Tarso persiguió a los cristianos, Dios lo hirió con ceguera y así logró captar toda su atención (Hch 9.1–19).
Dios siempre sabe dónde nos encontramos en nuestro peregrinaje de fe, y sabe exactamente qué se requiere para llamarnos la atención. Por eso, esté alerta; note si alguno de estos métodos divinos ocurren (o son recurrentes) en su vida. Si lo son, pregúntele qué quiere decirle y dispóngase a escuchar, no para informarse, sino para obedecer.

Extraído de la Biblia Principios de Vida por Charles F. Stanley, ©

PRINCIPIO DE VIDA 9

Confiar en Dios quiere decir ver más allá de lo que podemos, hacia lo que Dios ve.

    A través de la fe, David vio lo que sus compatriotas no pudieron ver.

 A través de la fe, David vio lo que sus compatriotas no pudieron ver.

2 Reyes 6.17
Con su mirada clavada en los ojos de Goliat, desde el otro extremo del valle de Ela, David recordó las veces que Dios lo había librado del desastre total. Dios siempre le había dado la habilidad que necesitaba para triunfar. Ahora enfrentaba uno de los retos más grandes de su vida: un guerrero bien armado y hábil llamado Goliat.

El secreto del éxito de David fue su capacidad para confiar y obedecer a Dios. Si nada más hubiera visto el reto gigante que tenía por delante, se habría dado la vuelta para huir corriendo, como lo hicieron el resto de los israelitas. Pero a través de la fe, David vio lo que sus compatriotas no pudieron ver.
En algún momento, cada uno de nosotros enfrentará lo que parecen ser pruebas y dificultades gigantescas. Por eso debemos saber cómo responder a cada amenaza y apropiarnos de la clase de fe victoriosa que ve más allá de lo que podemos, hacia lo que Dios ve.
En tiempos de extrema presión, Dios ensancha nuestra fe y profundiza nuestra dependencia de Él. Sin una fe fuerte y constante, podemos ceder rápidamente a la tentación y el temor, en especial si la prueba o dificultad es intensa o prolongada. Dios desarrolló la confianza de David hasta que fue inconmovible.
Sea cual sea el Goliat que enfrente, hay una verdad que usted necesita arraigar en lo más profundo de su corazón: Dios le ama, y cuando usted deposita en Él su fe, Él le ayudará a triunfar. Tal vez pase por tiempos de fracaso, porque la vida no sale siempre como uno la planea, pero en últimas, Dios será glorificado y usted recibirá bendición.
Cada reto representa una oportunidad para que el Señor muestre su fidelidad y amor. En lugar de ceder a pensamientos de temor y fracaso, comprométase a confiar en Dios, aunque no sepa qué le deparará el día de mañana. Practique su fe y adiéstrese para ver más allá de lo que puede, hacia lo que Dios ve.
David cimentó su fe en la soberanía de Dios; por eso supo que no fallaría en su misión de conquistar al gigante filisteo.

Recuerde las victorias pasadas.
 David recordó cómo Dios lo había librado de las garras del león y las zarpas del oso (1 S 17.32–37). Las victorias espirituales se ganan primero en la mente. Si usted sucumbe a sentimientos de temor y duda, perderá. Si se enfoca en la verdad de la Palabra de Dios, ganará todas las veces.¿Cómo puede usted adquirir esa clase de fe?
  1. Rechace las palabras de desánimo. Nadie en el campo israelita animó a David en su iniciativa de derrotar a Goliat. Los soldados se rieron de él. Sus hermanos se sintieron avergonzados por su presencia y lo instaron a devolverse a su casa. Hasta el rey Saúl dudó de él. Si el joven hubiera hecho caso a tantos comentarios negativos, se habría dado por vencido. Lo que hizo más bien fue afianzar su corazón en el Señor, y en Él encontró el ánimo que necesitaba.
  2. Reconozca la naturaleza verdadera de la batalla. David entró a la batalla diciendo en alta voz estas palabras inolvidables, dirigidas a su arrogante rival: «de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos» (1 S 17.47). Qué forma tan victoriosa de decir: «¡Dios gana!»
  3. Responda al reto con una confesión positiva. David preguntó a los temerosos israelitas: «¿quién es este filisteo incircunciso, para que provoque a los escuadrones del Dios viviente?» (1 S 17.26). Dijo a Saúl: «Jehová… me librará de la mano de este filisteo». A Goliat le dijo: «yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel» (1 S 17.37, 45). David declaró con firmeza su creencia, que no podía perder porque Dios estaba con él.
  4. Respáldese en el poder de Dios. David no necesitó una lanza o una jabalina para derrotar a Goliat. Sólo necesitó su fe y una honda de fabricación casera. «Sabrá toda esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza» (1 S 17.47). Dios proveyó la victoria, y Él recibió la gloria.
  5. Reclame la victoria. Antes de poner pie en el campo de batalla, David ya sabía que no iba a perder. Sabía que su reputación no estaba en juego, sino la de Dios. Sabía que ni su fuerza ni su astucia ganarían la batalla, sino el poder y la sabiduría de Dios.
Usted puede enfrentar cualquier circunstancia con seguridad y esperanza, pues su fortaleza, sabiduría, energía y poder no es lo que trae la victoria. El triunfo viene gracias a la intervención de Cristo, y cuando usted pone su confianza en Él, tiene acceso a una fuerza irresistible que nadie ni nada puede resistir con éxito.

PRINCIPIO DE VIDA 8

Libremos nuestras batallas de rodillas y siempre obtendremos la victoria.

    Crecemos en la fe al ejercerla.

La resistencia es la decisión de unirnos a la lucha contra el mal en oración.
2 Samuel 15.31
El término movimiento de resistencia describe situaciones en las que un pueblo oprimido se alza contra sus opresores. Los partidarios de la resistencia asumen esta postura: «No voy a quedarme de brazos cruzados y permitir que este mal continúe. Yo opto por resistir las injusticias. Sea que viva o muera por resistir a mi opresor, ya no viviré como lo he soportado hasta ahora».
La resistencia en oración es el método bíblico para confrontar y vencer al diablo. Pedro escribió: «al cual resistid firmes en la fe» (1 P 5.9). Santiago hizo eco de esta enseñanza: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros. Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros» (Stg 4.7, 8). Tanto Pedro como Santiago dejan en claro que hemos de resistir activamente el mal perseverando en la oración.
En la superficie, la resistencia puede parecer pasiva. En la práctica, nunca lo es. Es una postura activa, intencional y firme.

La resistencia es ante todo la decisión firme de unirse a la lucha contra el mal en oración, en vez de ignorar el problema, ceder o retroceder. Tal resistencia requiere fuerza y valor. También demanda paciencia y perseverancia. Por eso Lucas incluye una parábola que nos enseña «sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar» (Lc 18.1).
Suponga que un objeto pesado ejerce presión contra usted y amenaza con quitarlo del puesto que le pertenece por derecho propio. ¿Cómo ejercería resistencia? Se reclinaría sobre el peso y haría presión contraria. La presión que usted ejerce sería igual o mayor a la presión ejercida contra usted. Esa es una postura de resistencia.
Pedro y Santiago apuntan a dos palabras indispensables para definir nuestra capacidad para resistir al diablo con nuestras oraciones: la fe y la sumisión a Dios.
Someternos a Dios es decir: «yo no puedo, pero Tú puedes». En nuestras oraciones del campo de batalla podríamos decir: «Señor, no puedo vencer al diablo por mi cuenta. Pero contigo, sí puedo». Esta es la postura del apóstol Pablo cuando dijo: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil 4.13).
Santiago enseñó que el sometimiento se da cuando procuramos desarrollar una relación más estrecha con Dios. Al pasar tiempo con Dios, llegamos a conocerlo mejor y descubrir cómo quiere Él que venzamos el mal y experimentemos bendición.
Nos acercamos a Dios mediante la oración y pasando tiempo en su Palabra. Nos acercamos a Dios cuando apartamos tiempo única y exclusivamente para escucharlo y esperar hasta que recibamos de Él dirección y guía. Nos acercamos a Dios cuando nos aislamos periódicamente para eliminar todas las influencias que puedan distraernos de conocerle mejor. Cuanto mejor le conocemos, más vemos su poder asombroso, más experimentamos su inmenso amor, más aprendemos de su sabiduría y más crecemos en nuestra fe. Así llegamos a una convicción todavía mayor: «Sí, Dios puede vencer al diablo por mí. Sí, Dios ganará en cualquier conflicto con el diablo. Sí, Dios quiere que yo sea capaz de vencer a mi adversario y vivir en victoria en Cristo Jesús».

Crecemos en la fe al ejercerla, al confiar en Dios en situación tras situación, circunstancia tras circunstancia, y relación tras relación. Así desarrollamos una historia personal en la que obedecemos a Dios y Él permanece fiel en su cuidado amoroso de nosotros.
La fe es decirle a Dios: «yo creo que lo harás». En nuestra batalla para vencer al enemigo, podríamos orar así: «yo creo que Tú vencerás al enemigo y harás que huya de mí al resistirlo y poner en Ti mi confianza». Una y otra vez, David hizo esta declaración de fe al Señor: «Dios mío, en ti confío» (Sal 25.2; también 31.6; 55.23; 56.3; 143.8). La fe perfecta ve la batalla terminada y a Dios con la victoria ganada. Cuando David dijo «en ti confío», quiso dar a entender: «Está hecho. Señor, Tú eres perfecto por naturaleza y haces bien todas las cosas. Tú tienes victoria sobre todos mis enemigos». David tenía fe absoluta en la capacidad de Dios. Su convicción no daba ocasión para decir «espero que lo haga», porque David sabía que la victoria era una realidad.
Es imposible que usted pueda resistir durante mucho tiempo al diablo si no cree que Cristo Jesús, a través de usted, ya ha vencido y vencerá al enemigo. Además, usted sólo puede permanecer firme en su fe cuando se somete completamente a Dios en todas las áreas de su vida. Si se niega a someter un problema o área el Señor, está diciendo: «Yo puedo manejar esto. No necesito Tu ayuda». Eso es justamente lo que Satanás quiere que usted haga: confiar en sus facultades y no en Dios omnipotente. De hecho, en este asunto el enemigo concentrará su mayor ataque contra usted.
La buena noticia es que Dios nos ha dado a cada cual una medida de fe para desarrollar. También nos da la capacidad de confiar en Él y rendirle nuestras vidas. Podemos estar firmes y resistir al enemigo, pero sólo por el poder de Dios. Él es quien oye nuestras oraciones y corre en nuestra defensa. Cuando oramos, Satanás huye.

PRINCIPIO DE VIDA 7

Los momentos sombríos durarán solo el tiempo necesario para que Dios lleve a cabo su propósito en nosotros.

    Dios permite la adversidad para moldearnos y formarnos.

  La adversidad nos muestra la condición de nuestra fe.

1 Samuel 30.1–6
Si quiere lo mejor de Dios para su vida y desea ser usado por Él, en algún punto tendrá que recorrer el camino de la adversidad. Esto significa que Dios puede y está dispuesto a usar la adversidad en su vida para un buen propósito. Es triste que muchos vean la adversidad como algo negativo y derrotista. ¡Usted no tiene que ser uno de ellos!
Dios ha designado que la adversidad, sin importar cuál sea su fuente, se convierta en un punto decisivo que le permite a usted dar sus saltos más grandes en el crecimiento espiritual. Él permite que la adversidad permanezca en su vida únicamente hasta que cumpla su propósito en usted. No dejará que haga estragos ni se quede un segundo más de lo necesario.

La adversidad también nos muestra la condición de nuestra fe. ¿Dudamos de Dios? O ¿le agradecemos su fidelidad durante los tiempos difíciles y desgarradores? ¿Confiamos que Él nunca nos dejará ni nos desamparará? La adversidad es el medidor más preciso de nuestra fe porque revela nuestro nivel de resistencia. Ninguno de nosotros sabe cuánta dificultad puede soportar hasta que somos sometidos a prueba.
Algunas personas se dejan arrasar por las pruebas, mientras otras aprenden a mantenerse confiados en la fidelidad de Dios. Ellos tienen un sentido imperativo de estabilidad y fortaleza inamovible. Pueden soportar las tormentas, mantener la cabeza en alto, mostrarse confiados, mantener el denuedo y no desanimarse ante cualquier obstáculo que se presente. Sienten certeza absoluta de que Dios va a ayudarles a pasar la prueba del dolor y llegar al otro lado sanos, salvos y más gozosos y maduros que antes.
Ahora mismo, en la situación en que esté, recuerde esto: Dios ha fijado un límite a toda adversidad. Por cuanto usted es un hijo de Dios, el Espíritu Santo mora en su interior y sabe cuánto puede usted soportar. El salmista dijo: «Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová» (Sal 34.19). Además: «Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo» (Sal 103.13, 14).

Dios permite la adversidad para moldearnos y formarnos.

Si aprendemos y maduramos en medio de grandes adversidades, Dios se complace porque ve que su propósito se está cumpliendo en nosotros. Estamos creciendo espiritualmente, nos volvemos más fuertes en áreas de debilidad, y somos conformados cada vez más a la semejanza de Cristo. ¡Dios se deleita cuando reaccionamos bien a la adversidad!
Podemos aprender estos tres principios al enfrentar la adversidad:
  1. La adversidad es el instrumento predilecto de Dios para desarrollar un carácter piadoso, espiritual en nuestras vidas. Hasta que hayamos experimentado angustia, desilusión y dolor, no estaremos correctamente equipados para el servicio (2 Co 1.3–7). Él usa la adversidad para moldearnos y formarnos; nunca la permite sin un propósito.
  2. La adversidad por lo general ocurre en áreas donde nos sentimos más confiados. Dios quiere que nos quitemos la idea de que somos suficientes por nosotros mismos. Él nos creó para una relación de amor e intimidad con Él, y utiliza la adversidad para recordarnos que dependemos de Él para la vida misma.
  3. El propósito principal de Dios es conformarnos a la imagen de Jesús. A través de la adversidad, Dios desarrolla en nosotros el fruto del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gá 5.22, 23).
Dios también logra varias metas en nuestra vida al permitir el sufrimiento y el dolor. La adversidad…
  • nos llama la atención.
  • revela nuestros puntos débiles y fuertes.
  • aumenta nuestra aversión al pecado.
  • demuestra la fidelidad de Dios.
  • fortalece nuestra fe.
  • nos quita el orgullo y el egocentrismo.
  • nos prepara para servir en el futuro.
  • nos capacita para consolar a otros que la enfrentan.
A través de la adversidad, Dios le moldea hasta convertirle en un siervo maduro y eficaz. Si usted conoce a Cristo como su Salvador, Dios le ve como un santo que a veces lucha y otras veces cae, pero que ha sido justificado, redimido, perdonado y reconciliado con Él. Dios ve en usted una persona llena de su amor incondicional, lleno de su presencia, sellado por el Espíritu Santo de la promesa, y cuyo nombre está escrito en el libro de la vida del Cordero. También ve todo su potencial, todo el bien que podría realizar para su reino. Por eso tenga ánimo, la adversidad no será algo permanente en su vida. Pero cuando esté presente, puede ser muy edificante si usted se dispone a confiar en Dios. Por lo tanto, aunque le toque pasar por algunos momentos sombríos, tenga la certeza de que Él alumbrará su camino y lo llevará a la luz. Y cuando lo haga, usted sabrá que todo valió la pena.

PRINCIPIO DE VIDA 6

Cosechamos lo que sembramos, más de lo que sembramos, después de sembrarlo.

    Hay cosechas que segamos rápidamente; otras tardan mucho tiempo.

Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará».

Jueces 2.1–4

Hoy se reproduce mañana. Lo que somos hoy es resultado de lo que hayamos pensado y como hayamos vivido en el pasado. Quienes actúan sabiamente hoy tendrán sabiduría en el futuro para tomar decisiones sabias. El mismo principio se aplica al área financiera. Aquellos que son sabios y ahorran en el presente, tendrán mañana en abundancia. Los que gastan hoy todo lo que tienen, tendrán muy poco o nada en el futuro. Es miope aquel que piensa nada más en el ahora y hace el menor esfuerzo posible, pues al llegar su día de pago tendrá una recompensa igualmente mediocre. La nación de Israel tuvo que aprender esta lección a un nivel muy personal. Su descarrío y su renuencia a seguir las instrucciones de Dios les dejó en una posición que no les permitió acceder a sus bendiciones.

Los agricultores entienden el significado de este principio: cosechamos aquello que sembramos, más de lo que sembramos y después de sembrarlo. Veamos cada parte del principio para asegurarnos de entender todo lo que implica.
El Señor da principios en las Escrituras que cumplen la función doble de advertirnos y alentarnos. Su Palabra dice: «No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gá 6.7). Esta es una ley inalterable que afecta a todas las personas en todas las áreas de la vida, la familia, el trabajo y el placer.
1. El principio se aplica a todos, tanto creyentes como incrédulos.
Este principio es irrevocable; nadie escapa sus consecuencias porque es una ley de la vida.
¿Nota cómo empieza Gálatas 6.7? Dice: «no os engañéis; Dios no puede ser, burlado». Esta es la causa del estilo de vida libertino e indulgente de muchos: se han engañado. Bien sea porque no creen la verdad, o piensan que de alguna manera son la excepción a la ley de Dios.
El que se atreve a burlarse de Dios cree que sabe más que Él. Tal necedad tiene consecuencias, como lo revela 2 Corintios 5.10: «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo».
Si a usted le tocara comparecer ante el tribunal de Cristo dentro de cinco minutos, ¿qué clase de fruto podría mostrar?
2. Cosechamos lo que sembramos.
Segar lo que sembramos es buena noticia para aquellos que tienen buenos hábitos, pero es una idea espantosa para aquellos involucrados actualmente en actividades impías tales como promiscuidad, drogadicción, alcoholismo, abandono de hogar o maltrato a los demás en la escalera al éxito. No podemos sembrar malezas y esperar que produzcan manzanas. No podemos sembrar desobediencia a Dios y anticipar una cosecha de bendiciones. Lo que sembramos, eso cosechamos. No nos engañemos: segaremos la cosecha de nuestra vida.
3. Cosechamos más de lo que sembramos.
¿Por qué el labrador esparce su semilla? Porque espera cosechar mucho más de lo que sembró. Una sola semilla que germine puede producir docenas o hasta centenas de semillas más. El mismo principio se aplica al pecado y la rectitud: una pequeña decisión de hacer el bien o el mal produce una cosecha mucho más grande, de gozo o pena.

4. Cosechamos después de haber sembrado.
Jesús usó la imagen de la semilla que germina para mostrar que si dejamos que la Palabra de Dios produzca cosas buenas en nosotros, los resultados se multiplican: «Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno» (Mt 13.23). Al otro extremo, el profeta Oseas describe lo que les espera a quienes optan por desperdigar semillas de maldad: «sembraron viento, y torbellino segarán» (Os 8.7).
Algunos se engañan porque su semilla actual parece no producir una cosecha inmediata. Por eso no cambian sus hábitos, creyendo erradamente que nunca tendrán una cosecha. Pero a diferencia de las cosechas del campo, que se recogen cada año casi en la misma época, la cosecha de la vida no tiene una fecha en el calendario. Hay cosechas que segamos rápidamente; otras tardan mucho tiempo. Pero no nos engañemos, el tiempo de la siega llegará. Si decidimos esforzarnos y dar más que el requisito mínimo, cosecharemos más adelante ricos dividendos.
«Pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará». Este pensamiento trae consuelo y seguridad a quienes se esfuerzan fielmente bajo circunstancias difíciles. La fidelidad en tales situaciones produciráuna cosecha abundante en el futuro, pues nuestro Padre celestial siempre cumple sus promesas.

PRINCIPIO DE VIDA 5

Dios no nos demanda que entendamos su voluntad, sino que la obedezcamos aunque nos parezca poco razonable.

    El Espíritu Santo es quien te capacita para andar en obediencia delante del Señor.


Usted debe convertir su obediencia a Dios en la mayor prioridad de su vida.

Josué 3.8
¿Se ha llegado alguna vez a preguntar por qué Dios no contesta sus oraciones, o por qué, a pesar de sus mejores esfuerzos, ciertos asuntos en su vida siguen sin resolverse? La respuesta podría estar en su nivel de obediencia a Dios. Tal vez Dios quiere que usted se detenga, confíe en Él, y esté atento a su señal para proceder.
Toda área de desobediencia en su vida tiene que ser tratada. El pecado nos impide experimentar lo mejor de Dios para nosotros. Quizá Dios le haya pedido algo, y usted ha optado por ignorar sus instrucciones o apenas cumplió en parte lo requerido por Él. La obediencia verdadera significa hacer lo que Él dice, cuando lo dice, como Él dice que debería ser hecho y todas las veces que así lo requiera, sin importar que usted entienda o no las razones para ello, hasta que haya cumplido del todo con su mandato.

Usted debe convertir su obediencia a Dios en la mayor prioridad de su vida.

Antes que haga una lista de todo lo que Dios le ha pedido hacer o dejar de hacer, considere lo siguiente: ¿Hay un área particular de su vida en que le resulte difícil obedecer al Señor? Cada vez que lee la Biblia, ¿trae Dios a su mente algún pecado específico? Cuando acude a Él en oración, ¿sale a flote el mismo problema? Si el Señor ha traído algo a su mente ahora mismo, es posible que haya vivido muchos años en la misma situación precaria porque usted, en algún momento, decidió hacer las cosas a su manera y no como Dios manda.
Seguir la voluntad de Dios y no la suya puede cambiar su vida por completo. Por esta razón, usted debe convertir la obediencia en su mayor prioridad. Para lograrlo, necesita entender por qué la sumisión juega un papel tan importante en su relación con Dios.
Noé es un ejemplo bíblico excelente que ilustra este principio. Fue un hombre que obedeció a Dios, incluso cuando le pareciera ilógico algo que el Señor pidiera. Dios lo llamó a construir un arca enorme, algo tan inverosímil como descabellado en aquel tiempo, y Noé acató su directiva sin preguntar la razón (Gn 6–9).

El Espíritu Santo es quien le capacita para andar en obediencia delante del Señor.

¿Acaso siempre será popular obedecer a Dios? No. ¿Será usted objeto de críticas? Es muy probable. ¿Opinarán algunos que sus acciones son ridículas? Sin duda. ¿Se van a burlar de usted? Seguro que sí. Ahora piense en esto: Noé decidió andar con Dios en medio de una sociedad corrupta. De hecho, la maldad era tal que Dios decidió raer de la faz de la tierra a todos los seres humanos a excepción de una sola familia, la de Noé. Trate de imaginar los insultos proferidos por los impíos contra Noé, cada vez que lo veían inmerso en su misión. Pero tan pronto cayeron las primeras gotas de lluvia, todas las afrentas cesaron.
Noé obedeció a Dios sin importarle qué pensaran de él los demás, y el Señor lo libró del gran diluvio que cubrió la tierra. Si hubiese hecho caso a sus críticos, no habría construido el arca y habría sido destruido junto a los demás. En lugar de eso, optó por obedecer a Dios sin dejarse enredar por sus propias dudas.
Cuando elegimos el sendero de la obediencia, debemos prepararnos para las reacciones negativas que seguramente recibiremos, sabiendo que Dios tiene una razón excelente para su mandato y que nos ayudará de forma extraordinaria. Nunca nos enfoquemos en situaciones o personas que traten de distraernos de cumplir la voluntad de Dios. El Espíritu Santo nos capacita para obedecer todos y cada uno de los mandamientos de Dios, y siempre nos dirige de la mejor manera posible. Por lo tanto, sin importar qué requiera de nosotros —bien sea doloroso o gozoso, beneficioso o cuantioso, razonable o paradójico— nuestro Padre celestial nos dará la capacidad y fortaleza para serle fiel, sin importar qué piensen los demás ni la dificultad aparente de la situación.
La obediencia debe ser una prioridad en la vida de todo creyente. Es la única manera en que usted llegará a ser la persona que Dios quiere que sea, y el único método para acceder a todas las maravillas que Él le tiene preparadas. El Espíritu Santo es quien le capacita para andar en obediencia delante del Señor, en el poder de su fuerza.
Decídase a obedecer a Dios, así no entienda por qué le pide hacer algo. Crea que sus instrucciones son para su propio bien (Jer 29.11). Así es como podrá convertirse en la persona que Él quiere que usted sea, hacer la obra que anhela de usted, llevar el fruto que le capacite para llevar, y recibir todas las bendiciones que ha preparado para usted.

PRINCIPIO DE VIDA 4

Estar conscientes de la presencia de Dios nos da energías para desempeñar nuestro trabajo.

Deuteronomio 20.1




¿Cómo puede usted sacarle el mayor provecho a su trabajo? He aquí tres sugerencias:
1. Véase como un siervo.
Jesús vino al mundo, no para ser servido sino para servir, y nos mandó que tuviéramos esa misma actitud (Mt 20.25-28). Pablo escribió: «Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios» (Col 3.22.
Si Pablo dijo a los esclavos que hicieran su trabajo terrenal de todo corazón (y ellos no recibían ningún salario), entonces, ¿qué decir de nosotros que sí somos remunerados? Usted pudiera decir: «Bueno, no me pagan lo suficiente». De acuerdo, puede que no le paguen lo suficiente, pero prolongar el tiempo del almuerzo, salir antes de tiempo o llegar tarde no son el modo de compensar la situación. Si le pagan por ocho horas, tiene que trabajar ocho horas completas. ¿Por qué? Porque usted es un siervo de Dios y, como representante de Él, tiene la responsabilidad de hacer un buen trabajo.

Como representante de Él, usted tiene la responsabilidad de hacer un buen trabajo.

Además, la mejor manera de ascender en el trabajo es mediante el servicio. Quien desee ser un líder tendrá que adoptar una actitud de humildad (Mr 9.35). A un empleado orgulloso rara vez se le considera para un ascenso. Por el contrario, es al trabajador íntegro y aplicado en su trabajo al que los empleadores ven como un líder potencial. Nunca dude del efecto que tiene su actitud sobre los que le rodean, ¡incluido el jefe!
Pero, ¿quién es su verdadero empleador? Esto nos lleva a nuestra segunda sugerencia.
2. Dese cuenta que usted trabaja para el Señor mismo.
Su empleador ejerce una autoridad de supervisión sobre usted, pero Jesucristo es su Señor. Usted trabaja para Él: «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3.23).
Si usted es cristiano, Jesucristo es el supervisor en su puesto de trabajo, y Él no le está observando de lejos, sino que está allí mismo con usted. Usted y yo tenemos que realizar nuestro trabajo del día independientemente de si pensamos que el empleador no es justo, porque en última instancia es Jesucristo a quien servimos, y Él siempre está en el lugar de trabajo. Usted y yo debemos hacer nuestro trabajo lo mejor que podamos, porque el Espíritu Santo está presente, preparándonos y dándonos energías.
Cometemos un error terrible cuando segmentamos la vida. Podemos pensar que de lunes a viernes vamos a trabajar, el sábado es para divertirnos, y el domingo para adorar a Dios. Pero Dios no ha planeado la vida de esa manera. Si Jesucristo es nuestro Salvador, no podemos excluirlo de ningún aspecto de la vida. No está bien enseñar una clase de escuela dominical con todo nuestro empeño, y ser negligentes en el trabajo el resto de la semana; tenemos que honrar y glorificar al Señor en todo lo que hacemos. Cuando nos consagramos de todo corazón a Jesús (Mt 6.24), se elimina la tentación de hacer nuestro trabajo sólo para ser vistos por los hombres.

Dios hará mucho más que igualar todas las cosas en el Juicio.

¿Estoy diciendo con esto que su trabajo diario es también un trabajo para el Señor? ¡Sí! Ministerio no es sólo lo que usted hace en la iglesia. Usted adora a Dios cada día de la semana —el domingo lo hace en la iglesia; y de lunes a viernes demuestra su devoción a Él haciendo un buen trabajo. Su elevado estatus como hijo de Dios dignifica su trabajo, y su oficina o lugar de empleo tiene que ser mejor porque usted está allí.
Usted le sirve al Señor Jesucristo (Col 3.24). ¿Tiene un buen testimonio que ofrecerle en su trabajo? ¿Es usted uno de los empleados más fieles, porque sirve a Dios? ¿Refleja su actitud el gozo que tiene al considerarlo a Él el verdadero jefe?
3. Dese cuenta que tiene un salario aquí y una recompensa en el cielo.
Pablo escribió: «Sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia» (Col 3.24). Por supuesto, en el presente tiene que recibir un salario para cubrir los gastos de su familia. Pero si ha hecho lo mejor que ha podido y entregado lo mejor de sí, nunca le pagarán realmente todo lo que merece. Lo maravilloso que debe recordar es esto: es posible que aquí no le paguen lo suficiente, pero usted recibirá una recompensa incalculable en el cielo.  Dios hará mucho más que igualar todas las cosas en el Juicio (1 Co 3.11-15; 2 Co 5.9, 10; Ef 6.7, 8), Él sin duda, le recompensará de manera justa.
¿Se ve usted a sí mismo como un siervo de Dios? ¿Lo considera a Él su verdadero Jefe, y trabaja de una manera que honra al Señor, sin importar lo ordinario o aburrido que pueda parecer su trabajo? ¿Se ha dado cuenta que por la fiel labor realizada en el presente le espera una enorme recompensa en el futuro? Si es así, le está sacando el máximo provecho a su trabajo.

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